Tiempo hacía que el Sevilla Fútbol Club no tenía un jugador tan determinante como César Azpilicueta. Probablemente, porque nunca antes había tenido una plantilla de tan escasa calidad futbolística. Desde que comenzó la zozobra con el dúo Del Nido Carrasco-Pepe Castro —nunca suficientemente malditos y denostados— solo Sergio Ramos, por currículum, había tenido una relevancia similar a la que hoy tiene el defensa navarro. También es cierto que en aquella plantilla aún cohabitaban peloteros de la categoría de Bono, Badé, Rakitic, Navas, Suso, Fernando, Ocampos,… con lo cual la aportación cualitativa, con ser importante, no era fundamental.
Sin embargo, en esta temporada 25/26, la calidad técnica, la inteligencia futbolística, la personalidad y la trayectoria de Azpilicueta sobresalen en el Sevilla Fútbol Club como si se colocara el Everest junto a las montañas de Sierra Morena. Desde que reapareció de su lesión, el equipo no conoce la derrota, habiendo cosechado tres empates y una victoria. En los siete primeros partidos de la segunda vuelta se han sumado 10 puntos gracias a dos victorias, cuatro empates y una derrota, en la que no participó el navarro. Sin embargo, en el mismo trecho de la primera ronda, estando presente Azpilicueta solo con el Villarreal, se obtuvieron igualmente diez puntos con tres triunfos, un empate y tres derrotas.
Así pues, pocas han sido las veces que el navarro ha vuelto a la caseta derrotado desde que viste la elástica del Sevilla Fútbol Club. Esto redunda no solo en las estadísticas, sino también en el desempeño de sus compañeros durante los partidos, algunos de los cuales muestran sus mejores versiones cuando siguen sus indicaciones.
Hasta José Ángel Carmona ha ofrecido dignas actuaciones en partidos en los que Azpilicueta le ha servido de guía dentro del terreno de juego… aunque lamentablemente haya ocurrido en días contados. No ocurrió así en el reciente derbi. De forma incomprensible, el lateral abandonó la marca de su oponente Abde para ir a buscar inútilmente un balón al centro del campo. Dejó totalmente libre al extremo bético y este hizo una jugada propia de un futbolista de primera división y se convirtió en el 2-0.
A partir de ahí, hay algunos que quieren ver en Abde a la reencarnación de Maradona o al sucesor de Messi, cuando la realidad es que lo único que tuvo que hacer es aprovechar el grosero error de un jugador que, a día de hoy, difícil va a tener que lo quiera fichar un equipo de segunda división española. De todas formas, no se puede descartar que Antonio Cordón vuelva a obrar el milagro de «engañar» a algún equipo inglés para que ponga unos pocos kilos por llevarse al visueño.
En condiciones normales y, sobre todo, con la llegada del ya apalabrado Juan Iglesias procedente del Getafe, lo normal y aconsejable es que Carmona abandone la próxima temporada la disciplina sevillista, ya que no ha hecho ningún mérito para continuar en ella. Como al resto de componentes de la plantilla, no se le puede negar el ímpetu y el derroche de casta y coraje que despliega en la mayoría de los partidos. Sin embargo, esos no son méritos suficientes para formar parte de la primera división española; eso es lo mínimo que se le pide a cualquier futbolista profesional.
Como el valor en la mili, eso es algo que se presupone. Por tanto, en el haber adicional de Carmona solo está aquel gol que dio la tranquilidad en la goleada al Barcelona en el Sánchez-Pizjuán. Lejos de reportar beneficios a su aprendizaje, parece haber supuesto un enorme lastre. A partir de ese momento, da la impresión de que se ha creído mejor de lo que es. De la misma forma que hasta un reloj parado da dos veces al día la hora exacta, cualquier futbolista profesional es capaz de ejecutar una acción de lustre. El verdadero mérito está en saber ponderar la dimensión de esa jugada puntual y no sobredimensionarla, como parece que le ha ocurrido al visueño.
Da la impresión de que Carmona se ha creído más virtuoso de lo que en realidad es y ha olvidado una máxima fundamental en los jugadores de su calidad. No se trata de acumular jugadas de mérito, sino de no acumular errores. De las jugadas de mérito le van a salir muy pocas por mucho que lo intente y los errores, sin embargo, le van a salir muchos incluso aunque quiera evitarlos. Y así transcurre su temporada: de error en error hasta convertirse en el peor enemigo de su propio portero. No siempre va a estar Azpilicueta para evitarlo.







