Crucial momento el que atraviesa el Sevilla Fútbol Club, no solo para su devenir a corto plazo, dependiendo del resultado final en LaLiga 25/26, sino también para su estabilidad financiera de largo plazo, merced a la venta de las acciones por parte de los grandes propietarios.
Con el sevillismo pendiente de los resultados del primer equipo del Sevilla Fútbol Club y de la evolución de las negociaciones del conglomerado inversor, personificado en Sergio Ramos, se entromete en el debate futbolístico nacional el factor distorsionador marcado por la atención que a la competición liguera muestran los equipos carentes de objetivos de importancia.
Con el campeonato prácticamente resuelto, con los puestos de Champions casi adjudicados, con la zona templada libre de peligro y ausente de ambición europea ya cubierta, lo único que concita un verdadero interés es la pelea por eludir las tres últimas plazas clasificatorias que condenan a la Segunda División. En esa lucha se encuentra el Sevilla Fútbol Club.
En esa tensión es en la que algunos interesados claman contra la dejadez con la que los ‘equipos apáticos’ van a afrontar sus partidos, en ocasiones contra rivales en peligro, que pueden verse beneficiados por unos puntos prácticamente regalados.
Así las cosas, se apunta hacia el Atlético de Madrid por priorizar su pugna en la Liga de Campeones frente al partido contra el Sevilla Fútbol Club en liga. También a la Real Sociedad por gastar sus energías en la celebración copera —cuánta alegría, por cierto, por lograr un título cuyo nombre denuestan—. Otro ejemplo más de hasta dónde llega la estulticia humana: son felices por ganar la Copa del Rey, pero le silban al rey y al país que representa.
Cerebros así solo dan para levantar piedras. Para apelar a una supuesta adulteración de la competición, cuando estos no son más que factores coyunturales cuya relevancia es mucho menor que la de otros aspectos estructurales, que son los causantes de la mediocridad de la competición futbolística española.
Si la liga española está igualada en su zona baja y tiene en esta ocasión a ocho equipos inmersos en la lucha por la salvación, entre ellos, el Sevilla Fútbol Club; no se debe a hechos puntuales como los ya mencionados. La causa es una normativa en materia financiera que, esta sí, influye directamente en la competición. Merma la calidad de la plantilla de la mayoría de los competidores, mientras que potencia a una escueta minoría de ellos, concretamente a dos: Real Madrid y Barcelona.
Curiosamente, ningún dirigente de ningún club se ha quejado de que una desigualdad tan manifiesta como la que se ejecuta, sobre todo, a través del dichoso límite salarial, se perpetúe gracias a la aplicación estricta de dicho instrumento que impone el peligroso Javier Tebas y toda su cohorte de tecnócratas economistas, quienes aplican unas normas de indudable eficacia financiera, pero de gravísimas consecuencias deportivas.
Después se lamenta el prepotente presidente de LaLiga de que los derechos televisivos de la competición española no generan ni la mitad de ingresos que los de la Premier League, la más rentable del viejo continente, donde la competitividad entre los equipos es la principal preocupación.
Solo un detalle para ejemplificarlo: la temporada pasada, el líder de la liga inglesa, el Liverpool, recibió por derechos televisivos 175 millones de libras, mientras que el último, el Southampton, ingresó 109 millones. ¿Se imaginan hasta dónde pueden llegar los gritos de El Padrino Florentino si recibiera solo 75 millones más que el último clasificado?.
El día que Tebas sea capaz de imponer medidas reequilibradoras como las que establece la Premier, empezará a ser creíble esa supuesta enemistad que aparenta tener con el presidente madridista.
Hasta tal punto llega este teatrillo entre millonarios para mantener al público despistado, que ni siquiera puede quebrarse con la entrada de grupos inversores potentes que pretendan dinamitar la dicotomía Madrid-Barça.
Ejemplificado en el caso del Sevilla Fútbol Club, cuando Sergio Ramos y su conglomerado inversor adquieran la mayoría de las acciones, podrán invertir la cantidad de dinero que quieran en la remodelación del estadio Ramón Sánchez-Pizjuán o en la mejora de las instalaciones de la carretera de Utrera.
Podrían duplicar, si quisieran, el graderío del campo que lleva el nombre de su gran amigo Jesús Navas; si tuvieran el capricho, podrían gastar lo que quisieran en abrir filiales de baloncesto, balonmano o cualquier otro deporte.
En definitiva, podrían gastar la cantidad de euros que quisieran en lo que quisieran… menos en una cosa: en futbolistas para la primera plantilla del Sevilla Fútbol Club, es decir, en mejorar hasta donde quieran el equipo que ha de enfrentarse por los puntos contra el Madrid y el Barça.
Y se supone que esto no es adulterar la competición.







