Se hablarán mil cosas a partir de ahora, teniendo próximo el verano y, por tanto, la ausencia de competición. Se elucubrará sobre centenares de movimientos, idas y venidas de entrenadores, futbolistas y directivos; pero solo hay una consecuencia inmediata y evidente del proceso de compra de la mayoría de las acciones del Sevilla Fútbol Club al conglomerado empresarial al que pone nombre Sergio Ramos: la marcha del nefasto José María del Nido Carrasco, del no menos nefasto e incapacitado Pepe Castro y de todos los accionistas que, directa o indirectamente, han tenido relación alguna con la etapa más triste del club en el siglo XXI.
Sin duda, lo mejor que le va a pasar al Sevilla Fútbol Club es que todos los dueños de los grandes paquetes accionariales, absolutamente todos y sin dejar fuera a ninguno, se van a desvincular de una vez por todas de ella, lo cual va a suponer un cambio de ciclo que era ineludible que ocurriera. Gracias por todo y váyanse a disfrutar de su dinero.
Dejen ahora que comience la ‘era Sergio Ramos’, quien evidentemente será no solo la cara visible del nuevo Sevilla Fútbol Club, sino también el muñidor de prácticamente todo lo que acontezca en la entidad, al menos en términos deportivos, que es lo que de forma directa interesa al aficionado-cliente.
Poco a poco, el fútbol del siglo XX, ese en el que el público de los estadios era un aficionado y no un cliente, está muriendo a base de imponerse la adquisición de las sociedades anónimas deportivas por parte de inversores o grupos empresariales interesados exclusivamente en rentabilizar la compra realizada.
La mayoría del sevillismo ya lo tiene más que asumido, aunque conviene enmarcar bien la cuestión para entender lo siguiente que va a ocurrir en el Sevilla Fútbol Club de sus amores, donde el único color que va a imperar en la toma de decisiones no va a ser el rojo y blanco, sino el morado de los billetes de 500, lo cual no tiene que ser necesariamente malo.
Inversores y afición tienen un objetivo común, aunque a simple vista pueda no parecerlo. Los grupos empresariales que respaldan el proyecto de Sergio Ramos y su socio más directo, el argentino Martín Ink, tienen poco interés en el fútbol y en cualquier equipo —vaya usted a saber si ni siquiera son aficionados a este deporte y en qué país—; para ellos, el sector en el que realicen sus inversiones probablemente les sea indiferente.
Su único propósito es multiplicar el dinero que han puesto —o van a poner— para adquirir las acciones de una sociedad anónima que en este caso corresponde al mundo del fútbol, en el cual solo hay una manera de multiplicar el valor de la empresa adquirida: ganar partidos y títulos, participar en grandes competiciones y hacerlo al más alto nivel, negociar en la compraventa de futbolistas revalorizables y revalorizados y, si el futuro acaso lo deparara, vender a un precio superior las acciones que adquirieron. ¿Y no es esto lo que quieren los aficionados?
Es evidente que el sevillismo estaría más que contento y satisfecho si su equipo volviera a ganar la UEFA Europa League, si más pronto que tarde y con mayor frecuencia disputara la Liga de Campeones, si se convirtiera en una práctica habitual comprar a desconocidos futbolistas como Dani Alves, como principal paradigma.
No puede haber duda, por tanto, de que, si los nuevos propietarios quieren maximizar sus ingresos, solo tienen que ver la evolución de su club en el siglo XXI e intentar repetir la jugada.
Para ello, parece que su estrategia ha consistido en delegar la responsabilidad deportiva en una persona cuyo prestigio y conocimiento del mundo del fútbol es indudable, como Sergio Ramos, mientras que la responsabilidad financiera será asumida por un gestor, también conocedor de este mundo del balón, como Martín Ink.
La teoría, por lo tanto, no suena nada mal; aunque, lógicamente, será la realidad la que dictamine si la operación ha sido beneficiosa o no para el sevillismo. De momento, la era Sergio Ramos supone el final de la etapa Del Nido Carrasco. Bien está, ¿verdad?







