Cuando mejor lo tenía Almeyda, se dio un tiro en el pie. La enfermería estaba vacía, el rival era un flan con botas, la grada comenzaba rugiendo. Mi amigo Ángel y su baraka en Gol Sur. La hora no era la mejor, pero tampoco estaba mal; la temperatura, de primavera de estreno, con el azahar ya por los suelos. Todo prometía… y fue ver en los videomarcadores el once inicial —el de Gol Norte no se veía (hasta eso fallaba en el Sevilla Fútbol Club de nuestros tiempos)—, y no salir de la sorpresa. Pero, aun así, confiábamos en lo único que nos queda al sevillismo: la fe, el coraje y la dignidad de Almeyda.
Somos un club que se ha quedado sin estampitas vivas a las que rezar; del palco no queda nada que no sea aborrecible. Cordón no deja de ser un ejecutivo aplicado que no puede hacer milagros; el equipo es un alma en pena que bastante tiene con encontrar bien la indumentaria correcta y entrenar a su hora todos los días. Toda la portavocía, todo el orgullo y la casta del Sevilla Fútbol Club se ven reflejados, como en un espejo convexo, en la figura de nuestro entrenador… y el sábado hasta eso nos falló.
A este hombre le ocurre a menudo, pero el motivo de nuestra situación no está en el banquillo, ni siquiera en el césped; está en los desalmados herederos que tan mal administran el legado de sus predecesores. Ya no están Alés ni Carrión y, de hecho, tampoco Guijarro ni gran parte del llamado grupo de Utrera. Afortunadamente, en este caso, no porque se hayan mudado al tercer anillo, donde sí residen inquietos los dos primeros, sino porque han delegado sus funciones en los dichosos niñatos herederos. Al frente del cual está el máximo heredero: Junior.
Pero, volviendo al partido del sábado, ¿en qué cabeza cabe dejar en el banquillo a Nianzou, Oso y Adams? El equipo que salió no servía ni para especular con el cero a cero de un Valencia que mostraba signos más que evidentes del estado de catalepsia al que se ve sometido desde hace años. Peor aún, no cortamos errores en la salida del balón; somos capaces de resucitar a un muerto y así el equipo levantino se vino arriba. Fue salir Azpitarte del campo y el castillo se precipitó sobre el suelo en unos pocos minutos. Un dos a cero al descanso era mucho, y los cambios, desquiciados, no mejoraron en absoluto en los últimos minutos.
Con parte del sevillismo abandonando cabizbajo las gradas, la impotencia era la sensación más dulce a la que podemos agarrarnos para describir el cuadro final. Se repite la misma impresión con entrenadores distintos: en años pasados decíamos que Quique o Pimienta le tenían miedo a la felicidad; hoy, Almeyda igual. No puede ser que a todos los que se sienten en el banquillo del Pizjuán les entre una especie de ansiedad ante la felicidad. Es el club el que está peleado con todo lo que huela a acierto y bienestar. Miren cómo, en los momentos de gloria, después de la última Copa europea, surgió el affaire Monchi, y ni ese verano lo pudimos vivir gozosamente.
Que si Monchi se va, que si Monchi se queda… Al final se fue… aquel que había salido en todas las fotografías de las glorias recientes del sevillismo parecía a disgusto, rodeado de herederos y de sus consejerías áulicas tan nefastas. En el maravilloso Julio César, de Shakespeare, un anciano le susurra: «Cuídate de los idus de marzo». Pues a este César que ha sido en Europa nuestro Sevilla F. C., el Valencia le gritó: «¡Cuidado con los idus de marzo!». Quiera Dios que los idus de marzo no nos manden a Segunda División.








Que necesidad hay de poner a Nianzou?
Para que se lesione , otra vez ? O peor aún, pero que nos deje con 10 jugadores en 0, 2 . Por qué no juega Castril , por qué dejamos marchar a Ramón Martínez?