A lo Lola Garrido Aguilar, la bética con más arte que conozco.
Voy a aprovechar este maldito parón liguero en el que no hay partidos del Sevilla Fútbol Club, todos son igualmente indeseables, para escribir una pequeña reflexión a mis hermanos béticos y béticas. No puedo negar que una de las pocas alegrías que el fútbol me ha dado en las últimas semanas ha sido lo ocurrido el jueves en La Cartuja.
Como buen aficionado del Sevilla Fútbol Club, deseo siempre la derrota del Betis, igual que ellos sueñan con nuestro nada improbable descenso a los infiernos a final de mayo. Eso está inscrito en el pacto constituyente de esta ciudad, y en esa paradoja del odio compartido reside nuestro amor: nos queremos odiándonos.
Porque Sevilla toda es un universo en sí misma, y el universo es impensable sin la autocontienda de la unidad de los contrarios de Heráclito o Hegel. Sevilla es dialéctica, pero no es chovinista: no cree que la ciudad sea la mejor, cree que es la única, la ciudad definitiva, como decía Barbeito, lírico del sevillismo antes de que nos fuera revelado Labandón.
Un sevillano o sevillana no concibe la rivalidad fanática fuera de Sevilla, al igual que nadie es xenófobo con los extraterrestres selenitas, si los hubiera. Pretender que un aficionado del Sevilla Fútbol Club tenga como eterno rival a alguien fuera de Sevilla es tan impensable como odiar a una piedra o enfadarse con una esponja.
Ya han pasado unas horas cuando estoy viendo la desolación que sacude al beticismo en esas gradas tan vacías. Incluso cuando por la megafonía se emitió un peligroso y fallido mensaje de desalojo por seguridad, apenas quedaba gente -a Dios gracias- para entrar en pánico y provocar una avalancha. El pánico había aparecido con el primer gol del Braga. Viendo esas imágenes —el llanto, la tristeza y la pesadumbre de tantos béticos y béticas—, la razón compasiva sustituye a la pasión más rabiosa, y me ha salido esta carta de admiración a mis hermanos y hermanas béticas.
¿Qué falló en el Betis el jueves? ¿Por qué se apaga la luz después de ir ganando 2 a 0? ¿Fue un error del entrenador con la maniobra de colocar al portero suplente como titular? ¿Está sobredimensionada la calidad de los jugadores? ¿Falló lo de la megafonía, que cometió el terrible error de solicitar el desalojo? Seguramente todo eso pasó y todo eso explica parte de la hecatombe, pero no lo explica todo ni señala lo más interesante, que suele pasar desapercibido: la responsabilidad de la grada y del club.
¿Pero no llenaron La Cartuja y se dejaron el alma en cada balón, gritando como posesos acaso? ¿No preparó el club con máxima profesionalidad este encuentro? Me refiero a lo que los psicólogos llaman memoria transaccional colectiva del beticismo, que acaba impregnando a todo el club: es un tipo de memoria tan anticipatoria del gozo de la victoria que, cuando llega el momento de gozar de la realidad, entra en pánico y se desmorona como un castillo de naipes.
El marketing del club ha construido un lema precioso y casi fatal en el Betis como “el barrio de la alegría”. Esto es lo que le ha servido durante años y años para esa fidelidad imperturbable que nadie en el mundo del fútbol ha sido capaz de repetir. Luis Cernuda, a quien yo presumo fiel aficionado del Sevilla Fútbol Club en mis delirios palanganas, como ustedes saben, vivió instalado en un barrio intermedio entre la realidad y el deseo. El beticismo, por el contrario, ha ocupado permanentemente la collación del deseo, el barrio de la alegría, y le da pánico el distrito de la realidad: cuando se ve en sus puertas, le entra la ansiedad, le tiemblan las piernas y, finalmente, tira la toalla.
Hermanos béticos y béticas, levantad el ánimo, pues vosotros no necesitáis victorias para ya habitar en todo aquello que los otros solo habitamos atravesando el arco del triunfo: el barrio de la alegría. Habéis sido tan inteligentes, en un ejemplo de inteligencia evolutiva adaptativa, que habéis hecho de la pertenencia a un club, de la ilusión por la victoria, del deseo, algo más placentero de lo que jamás podrá ser la realidad.
Sois habitantes eternos de algo tan sevillano como las “vísperas del gozo” y de la “vigilia del jazmín”, que diría ese bético del barrio de San Lorenzo, de la cofradía de la elegancia, que era Rafael Laffón. No sé si os daremos un alegrón al final del “florido mayo”; espero que no. Os envidio tanto como os odio, como os quiero y necesito. Tanto es así, que esta carta no hubiese brotado nunca ahora de no haber estado invadiendo el cabreo por vuestra victoria ante el Braga. ¡Qué grande es Sevilla, que tiene en unos pocos metros cuadrados al rey de Europa y al barrio de la alegría!







